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GLOSARIO CUARESMAL
Abstinencia: Consiste en no comer carne roja o cualquier alimento de especial agrado que produzca placer a la persona. Esta norma es válida para los mayores de catorce años de edad. Son días de ayuno y de abstinencia el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, aunque también se practican todos los viernes de Cuaresma. La abstinencia y el ayuno, acompañados de la oración, ayudan a una reflexión profunda sobre todo lo que tenemos y que a otros les falta. Estos tres elementos fortalecen en el cristiano su espíritu de solidaridad.
Ayuno: Es una forma de penitencia que consiste en privarse total o parcialmente de alimentos durante cierto tiempo. Es la privación voluntaria de algo como ofrenda, como expresión de conversión. Desde el punto de vista litúrgico, hay que distinguir dos clases de ayuno: el penitencial y el cuasisacramental. El primero tiene como finalidad la enmienda por los pecados cometidos; en la actualidad sólo se practica el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, y consiste en hacer sólo una comida fuerte al día. El ayuno cuasisacramental es el que se practica más como preparación y paso a la celebración de un sacramento o de una fiesta litúrgica importante, que como expresión de penitencia.
Ceniza: combustión completa. Simboliza la muerte, la fragilidad de la vida y también la humildad y la penitencia. La ceniza que se impone el Miércoles de Ceniza se prepara quemando las palmas benditas, ya secas, del Domingo de Ramos del año anterior. No se recomienda quemar troncos ni otro tipo de plantas y, mucho menos, mezclar las palmas con ningún tipo de aceites, porque esto puede llegar a producir alergias en la piel de las personas.
Conversión: Es el acto de reconciliarse con Dios, apartarse del mal, para establecer la amistad con el Creador. Supone el arrepentimiento y la confesión de todos los pecados. Convertirse es cambiar, ser distinto y actuar de manera correcta conforme a la voluntad de Dios.
Cuaresma: Son cuarenta días de intensa oración, ayuno y penitencia durante los cuales la Iglesia se prepara para la celebración anual de la Pascua del Señor. Se inicia el Miércoles de Ceniza y termina con la introducción del Trido Pascual en la Misa del Señor, el Jueves Santo. La Cuaresma es un tiempo especial de gracia que convoca a todos los cristianos a la conversión del corazón para morir y resucitar con Jesús en la solemne celebración del Misterio Pascual.
Limosna: Quiere decir compasión y misericordia. Inicialmente indicaba la actitud del hombre misericordioso y, luego, todas las obras de caridad hacia los necesitados.
Pascua: Significa ‘paso’; el ‘paso’ de Jesucristo de la muerte a la vida. Son cincuenta días de gloriosa celebración. El tiempo de Pascua culmina con la solemnidad de Pentecostés, fiesta que recuerda el gesto amoroso de Dios de entregar su Espíritu Santo a los apóstoles para constituir así la Iglesia. El misterio pascual es el centro del cristianismo, de la Iglesia, de la acción pastoral y de la vida espiritual cristiana.
Penitencia: Es una actitud propia de la Cuaresma que hace que la persona deje de lado todo lo que la aleja de Jesús. Puede consistir en oraciones, ofrendas, obras de misericordia, servicios al prójimo, privaciones voluntarias, sacrificios y la aceptación humilde de la ‘propia cruz’. La penitencia, como sacramento, es la acción liturgica mediante la cual la Iglesia, con el poder de Cristo, otorga el perdón de todos los pecados cometidos después del Bautismo.
Reconciliación: Es la acción sacramental de la Iglesia, en la cual el sacerdote, con el poder de Cristo, perdona al arrepentido la culpa de los pecados.
Semana Santa: Es el tiempo de más intensidad litúrgica de todo el año. Se compone de dos partes: el final de la Cuaresma (del Domingo de Ramos al Miércoles Santo) y el Triduo Pascual (Jueves y Viernes Santos y la Vigilia Pascual). La Semana Santa, también conocida como la Semana Mayor o Semana Grande, es la época que conmemora la pasión, muerte y resurrección de Cristo.
Vía Crucis: Ejercicio piadoso que consiste en meditar el camino de la cruz por medio de lecturas bíblicas y oraciones. Esta devoción, que se divide en quince estaciones, tuvo su origen en el Siglo XIV en el Coliseo de Roma, pues se pensó en los cristianos que no podían peregrinar a Tierra Santa para visitar los lugares de la pasión y muerte de Jesucristo. Tiene un carácter penitencial y suele rezarse los días viernes, sobre todo en Cuaresma. En muchos templos están expuestos cuadros o bajorrelieves con ilustraciones que ayudan a los fieles a realizar este ejercicio.
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MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI PARA LA CUARESMA 2008
“Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, por vosotros se hizo pobre” (2Cor 8,9)
¡Queridos hermanos y hermanas!
1. Cada año, la Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos. En el tiempo cuaresmal la Iglesia se preocupa de proponer algunos compromisos específicos que acompañen concretamente a los fieles en este proceso de renovación interior: son la oración, el ayuno y la limosna. Este año, en mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, deseo detenerme a reflexionar sobre la práctica de la limosna, que representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales.
¡Cuán fuerte es la seducción de las riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no idolatrarlas! lo afirma Jesús de manera perentoria: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13). La limosna nos ayuda a vencer esta constante tentación, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. Las colectas especiales en favor de los pobres, que en Cuaresma se realizan en muchas partes del mundo, tienen esta finalidad. De este modo, a la purificación interior se añade un gesto de comunión eclesial, al igual que sucedía en la Iglesia primitiva. San Pablo habla de ello en sus cartas acerca de la colecta en favor de la comunidad de Jerusalén (cf. 2Cor 8,9; Rm 15,25-27 ).
2. Según las enseñanzas evangélicas, no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un instrumento de su providencia hacia el prójimo. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, los bienes materiales tienen un valor social, según el principio de su destino universal (cf. nº 2404).
En el Evangelio es clara la amonestación de Jesús hacia los que poseen las riquezas terrenas y las utilizan solo para sí mismos. Frente a la muchedumbre que, carente de todo, sufre el hambre, adquieren el tono de un fuerte reproche las palabras de San Juan: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1Jn 3,17). La llamada a compartir los bienes resuena con mayor elocuencia en los países en los que la mayoría de la población es cristiana, puesto que su responsabilidad frente a la multitud que sufre en la indigencia y en el abandono es aún más grave. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.
3. El Evangelio indica una característica típica de la limosna cristiana: tiene que hacerse en secreto. “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”, dice Jesús, “así tu limosna quedará en secreto” (Mt 6,3-4). Y poco antes había afirmado que no hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr el riesgo de quedarse sin la recompensa en los cielos (cf. Mt 6,1-2). La preocupación del discípulo es que todo sea para mayor gloria de Dios. Jesús nos enseña: “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestra buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16). Por tanto, hay que hacerlo todo para la gloria de Dios y no para la nuestra.
Queridos hermanos y hermanas, que esta conciencia acompañe cada gesto de ayuda al prójimo, evitando que se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien de nuestros hermanos, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, nos situamos fuera de la perspectiva evangélica. En la sociedad moderna de la imagen hay que estar muy atentos, ya que esta tentación se plantea continuamente. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros.
¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas personas que en el silencio, lejos de los reflectores de la sociedad mediática, llevan a cabo con este espíritu acciones generosas de ayuda al prójimo necesitado? Sirve de bien poco dar los propios bienes a los demás si el corazón se hincha de vanagloria por ello. Por este motivo, quien sabe que “Dios ve en lo secreto” y en lo secreto recompensará, no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que realiza.
4. La Escritura, al invitarnos a considerar la limosna con una mirada más profunda, que trascienda la dimensión puramente material, nos enseña que hay mayor felicidad en dar que en recibir (Hch 20,35). Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (cf. 2Cor 5,15). Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría.
Más aún: san Pedro cita entre los frutos espirituales de la limosna el perdón de los pecados. “La caridad –escribe– cubre multitud de pecados” (1P 4,8). Como repite a menudo la liturgia cuaresmal, Dios nos ofrece a los pecadores la posibilidad de ser perdonados. El hecho de compartir con los pobres lo que poseemos nos dispone a recibir ese don. En este momento pienso en los que sienten el peso del mal que han hecho y, precisamente por eso, se sienten lejos de Dios, temerosos y casi incapaces de recurrir a él. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación con él y con los hermanos.
5. La limosna educa a la generosidad del amor. San José Benito Cottolengo solía recomendar: “Nunca contéis las monedas que dais, porque yo digo siempre: si cuando damos limosna la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la derecha tiene que saberlo” (Detti e pensieri, Edilibri, n. 201). Al respecto es significativo el episodio evangélico de la viuda que, en su miseria, echa en el tesoro del templo “todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,44). Su pequeña e insignificante moneda se convierte en un símbolo elocuente: esta viuda no da a Dios lo que le sobra, no da lo que posee, sino lo que es: toda su persona.
Este episodio conmovedor se encuentra dentro de la descripción de los días que precedente inmediatamente a la pasión y muerte de Jesús, el cual, como señala San Pablo, se hizo pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8,9); se ha entregado a sí mismo por nosotros. La Cuaresma nos impulsa a seguir su ejemplo, también a través de la práctica de la limosna. Siguiendo sus enseñanzas podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándolo estaremos dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos.
¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno.
6. Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma nos invita a “entrenarnos” espiritualmente, también mediante la práctica de la limosna, para crecer en la caridad y reconocer en los pobres a Cristo mismo. Los Hechos de los Apóstoles cuentan que el apóstol san Pedro dijo al tullido que le pidió una limosna en la entrada del templo: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar” (Hch 3,6).
Con la limosna regalamos algo material, signo del don más grande que podemos ofrecer a los demás con el anuncio y el testimonio de Cristo, en cuyo nombre está la vida verdadera. Por tanto, este tiempo ha de caracterizarse por un esfuerzo personal y comunitario de adhesión a Cristo para ser testigos de su amor.
Que María, Madre y Esclava fiel del Señor, ayude a los creyentes a proseguir la “batalla espiritual” de la Cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica de la limosna, para llegar a las celebraciones de las fiestas de Pascua renovados en el espíritu. Con este deseo, os imparto a todos una especial bendición apostólica.
Vaticano, 30 de octubre de 2007
BENEDICTUS PP. XVI
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DE LA CUARESMA A LA PASCUA
Por JUAN ÁVILA ESTRADA, Párroco San Carlos Borromeo y Padre Nuestro.
Desde hace unos siglos atrás, tomando las palabras de Jesús, la Iglesia nos invita anualmente para que pensemos seriamente en nuestro proceso de conversión a Dios y a su Palabra: “Conviértete y cree en el Evangelio”, se nos dice al imponernos la ceniza con la que damos inicio al tiempo de la Cuaresma. Un signo que para muchos es significativo, para otros un simple ritual mandado –como muchos otros por la Iglesia– que carece de sentido verdadero y se vuelve mágico para quien lo recibe pensando en la salud, la prosperidad, la buena suerte, menos en la conversión. Este proceso, en el que está implícito nuestra propia salvación, es el que ha de conducir al hombre a aquello que es razón de ser última de su vida: la santidad.
Es por ello que la Cuaresma no es simplemente una tradicional modificación de las costumbres gastronómicas, por ejemplo dejar de comer carne para comer pescado o hartarnos de dulces hasta la diabetes; sino, mas bien, un periodo de regulación de los instintitos que suelen dominarnos y aprender a ser dueños de nosotros mismos y no esclavos de lo que sentimos y desde allí empezar a cultivar sentimientos de solidaridad y fraternidad que nos enseñen a compartir con los más necesitados.
Creo que es desde la simpleza de la hermandad como podemos empezar a sentir la presencia del Resucitado, la vivencia de la Pascua. Estos tiempos litúrgicos y estas celebraciones cultuales: Ceniza, Triduo Pascual, Pascua de Resurrección, sólo son manifestaciones religiosas de algo que debería ser fundamentalmente existencial. Pero es lógico que si cada celebración litúrgica se queda encerrada en el templo parroquial, entonces, ni la Cuaresma motivará nuestra conversión ni la Pascua traerá la alegría de la salvación. Para que cada tiempo litúrgico traiga los beneficios que promete es necesario involucrarse seriamente en cada uno de ellos, dejando que todo nuestro ser viva el proceso establecido por Dios. Ceniza en la frente sin deseo de conversión, es sólo maquillaje mal echado; Pascua de resurrección sin caridad, es únicamente espectáculo para noctámbulos.
Hoy, quienes deseamos convertirnos de todo corazón a la Palabra de Dios y a su Hijo Jesucristo, comprendemos que cada rito litúrgico es la expresión comunitaria de una vivencia interna de lo que Dios va haciendo en cada uno de nosotros, manifestación de una fe en un Dios que ha hecho historia y que, por ello, nos invita a concretizar nuestra fe en él para que no seamos solamente hombres de religión, sino adoradores en espíritu y en verdad.
Para llegar pues a la Pascua verdadera es importante reflexionar acerca del modo como cada uno vive la Cuaresma, no sólo en la abstinencia de las cosas sino, sobre todo, en la lucha por ejercitarse siempre en el bien. Cuaresma debe dejar generosidad, justicia y paz para que la Pascua deje la experiencia de un nuevo nacimiento, de una nueva vida, de una nueva presencia. Si no lo entendemos de esta manera es muy probable que tengamos que concluir que nuestras celebraciones fueron estéticamente bellas, pero no dejaron nada para la posteridad, salvo el deseo de que todo vuelva a repetirse el año siguiente, ojalá con una buena banda musical, un excelente grupo de plañideras que nos conmuevan y nos hagan llorar por la Pasión de Cristo, pero que no venga a cuestionar nuestra propia pasión ni nos hagan pensar en que Aquel que estuvo clavado en la cruz lo estuvo por ti y por mí.
Pascua sin Cuaresma no es posible; no puede llegarse a la renovación de la vida y la participación en la resurrección si antes no hemos recorrido el mismo camino de Jesús, no a la manera de masoquistas que se gozan en el dolor sino, como él, convencidos de estar haciendo lo que se tiene que hacer y que el cumplimiento cabal de las cosas trae consigo una cuota de sacrificio. Todo en la vida tiene un fin y cada cosa que hagamos debe tener siempre una auténtica razón de ser. Llegó el momento de dejar de hacer por hacer, es necesario ponerle seriedad a nuestra santificación.
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Campaña de Comunicación Cristiana de Bienes 2008
“Con la solidaridad crece la esperanza. Ayudemos a las víctimas de los desastres naturales”
Desde 1982 se realiza la Campaña de Comunicación Cristiana de Bienes, la cual es coordinada por el Secretariado Nacional de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal de Colombia.
La campaña tiene como objetivos primordiales contribuir a la formación de la conciencia solidaria, es decir, que podamos enfrentar con mayor humanidad y eficiencia la situación de los hombres, mujeres, niños y ancianos que viven diariamente situaciones de desastres naturales para contribuir a su promoción integral y fortalecer el Fondo Nacional de Emergencias, que está activo durante todo el año y que se alimenta de los aportes que son manifestación de nuestra solidaridad y cuyo destino son las miles de víctimas que año tras año dejan en nuestro país los desastres naturales, las víctimas de la guerra y del desplazamiento forzado.
El período en que se desarrolla la Campaña es en el tiempo de Cuaresma, es decir, para éste año se dio inicio el 6 de febrero con el Miércoles de Ceniza y finalizará el Domingo de Resurrección, 23 de marzo.
¿A qué se destina la colecta?
La Conferencia Episcopal de Colombia tiene establecido que:
El 80% de los dineros que se recaudan se destinan a diversos programas de atención en cada una de las jurisdicciones eclesiásticas (arquidiócesis, diócesis, vicariatos apostólicos). En este caso será para las víctimas de los desastres naturales.
El 20% restante cada jurisdicción lo envía al Secretariado Nacional de Pastoral Social –SNPS-, que cuenta con el Fondo Nacional de Emergencias para atender situaciones imprevistas causadas por fenómenos naturales (inundaciones, terremotos, avalanchas), o por acciones violentas del hombre (desplazamiento forzoso).
Emergencias atendidas con el Fondo
Año 2007: $159.573.265, dinero con el cual se han beneficiado alrededor de 20.000 familias. Durante los 25 años de la Campaña: Más de 600.000 familias se han beneficiado del fondo.
El Secretariado Nacional de Pastoral Social –SNPS- invita a todas las personas solidarias a que se unan a esta noble causa que, año tras año, permite a la Iglesia católica del país auxiliar y acompañar en la búsqueda de un mejor porvenir a los más necesitados, en especial a todas las víctimas de los desastres naturales quienes serán los primeros beneficiados de la colecta este año 2008.
Las donaciones pueden entregarse en cada parroquia.
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El Santo Vía Crucis
Según las orientaciones de Juan Pablo II.
1. Jesús en el huerto de los Olivos (Lc 22, 39-46)
2. Jesús, traicionado por Judas, es arrestado (Lc 22, 47-48)
3. Jesús es condenado por el Sanedrín (Mt 26, 57-67)
4. Jesús es negado por Pedro (Mt 26, 69-75)
5. Jesús es juzgado por Pilatos (Lc 23,1)
6. Jesús es flagelado y coronado de espinas (Jn 19, 1-4)
7. Jesús carga con la cruz (Jn 19, 16-19)
8. Jesús es ayudado por Cirineo a llevar la cruz (Lc 23, 26)
9. Jesús encuentra las mujeres de Jerusalén (Lc 23, 27-31)
10. Jesús es crucificado (Mc 15, 22-28)
11. Jesús promete su Reino al buen ladrón (Lc 23, 39-43)
12. Jesús en la cruz, su Madre y el discípulo (Jn 19, 25-28)
13. Jesús muere en la cruz (Mc 15, 33-38)
14. Jesús es colocado en el sepulcro (Mc 15, 42-47)
15. Jesús resucita glorioso del sepulcro (Mc 16, 5-7)
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