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Una de las devociones más entrañadas en nuestro país siempre ha sido la Virgen del Carmen. Su nombre viene del Monte Carmelo, en Israel o Tierra Santa. A este monte se retiraba a rezar el profeta Elías y en una ocasión en la cual Dios había castigado a su pueblo rebelde con un verano de tres años, Elías estando rezando en la cima del Monte Carmelo envió a su secretario a que observara en el horizonte para ver si veía algo. El otro volvió a contarle que se veía una pequeña nube.
Con esto entendió Elías que ya iban a llegar las lluvias. Y en efecto la nube fue creciendo y se convirtió en una inmensa y muy provechosa lluvia que alegró enormemente a aquellas gentes que llevaban 36 meses sin agua. (1 Reyes, 18, 41- 46). Anticipando el monaquismo católico, unos cuantos discípulos de Elías eligieron las alturas del monte Carmelo para entregarse a la contemplación. Eliseo siguió habitando la montaña rodeado por los “hijos de los profetas” (2 Reyes 2, 15; 6, 1; etc.),germen inicial de la Orden de los Carmelitas. Ellos, permanecieron en la sucesión de las generaciones hasta la llegada del Señor. Varios se convirtieron después de Pentecostés y fueron los primeros en erigir un oratorio en alabanza de la Virgen.
La Iglesia Católica ha creído que esa nubecilla que apareció en el Monte Carmelo era imagen o anuncio de María, la cual al aparecer en este mundo nos trajo la más bella noticia: la de que con Ella, por medio de su Hijo Jesucristo nos llegaría la más grande y provechosa lluvia de gracias sobre todos nosotros, pobres pecadores. Carmen significa: tierra fértil que produce muy buenos frutos. Eso es la devoción a Nuestra Señora del Carmen.
En el siglo XI llegaron los Mahometanos, terribles enemigos de la religión católica y destruyeron todo a sangre y fuego. Muchos monjes murieron mientras cantaban himnos a la Santísima Virgen, pero algunos lograron huir y llegar hasta Italia. Allá empezaron a propagar la devoción a la Santísima Virgen y las personas los llamaban Los Carmelitas. Ahora los Padres Carmelitas y las hermanas Carmelitas siguen propagando en todas partes la devoción a Nuestra Señora.
Entre los monjes llegados del Monte Carmelo hubo uno que se hizo célebre por su santidad, por su amor a la Virgen y sobre todo por una aparición que recibió. Fue San Simón Stock. Dice la tradición que un 16 de julio de 1251 María se le apareció y le prometió conceder ayudas muy especiales a quienes lleven el Santo Escapulario como un acto de cariño y devoción de honor de la Madre de Dios con deseo de convertirse y llevar una vida más santa.
Muy pronto empezaron a notarse en todas partes las bendiciones y ayudas tan especiales que la Madre de Dios concedía a los que llevaban con fe y devoción el Santo escapulario. Incendios que se detenían. Inundaciones que se calmaban; tentaciones que se alejaban. Pecadores que se convertían.
En Francia en plena batalla el rey Luis XI vio que a un soldado le llegaba una flecha dirigida hacia su corazón y en cambio se le clavaba en el escapulario y no le hacía ningún daño. Inmediatamente el rey y todos sus generales pidieron el escapulario y se lo colocaron. Ya sabemos que lo que salva de peligros no es el escapulario en sí, sino la Santisima Virgen que protege y defiende a quienes llevan esa insignia como señal del aprecio y la devoción que sienten por Ella.
Tradiciones antiguas narraban que la Virgen había prometido visitar en el purgatorio a sus devotos, el sábado próximo a la muerte de ellos y concederles descanso. Por eso la devoción a la Virgen del Carmen está muy ligada a la devoción de las almas benditas. Que Nuestra Señora del Carmen siga protegiendo a nuestra nación y a nuestra Arquidiócesis de Barranquilla y le consiga la gracia de convertirse y llegar a la santidad.
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